Una perspectiva insólita para pasar revista a medio siglo

Durante muchos años, Miguel Prieto (Sama de Langreo, Asturias, 1961) y Reyes Lluch (Tortosa, Tarragona, 1957) leyeron EL PAÍS con los ojos de otros. Amigos, compañeros o familiares les prestaban la voz para recorrer juntos unas páginas que terminarían formando parte de su educación sentimental. Hoy ambos son lectores autónomos, la revolución digital ha traído eso: accesibilidad. Entre una escena y otra han transcurrido cinco décadas de historia de España; la evolución de un país que, también él, gracias a la labor de instituciones como la ONCE, aprendió a mirar de otra manera a las personas con discapacidad.

Prieto, abogado, procede de la cuenca minera asturiana, se crio en ese ambiente metalúrgico de obreros con afilada conciencia social, aunque la suya, cuenta, no vivió el despertar hasta que ingresó en la facultad. Al poco de nacer comenzaron sus severas dificultades de visión, obstáculo que no frenó un día a día agitado, donde las pasiones del niño y luego del joven se disfrutaban con absoluta intensidad. Como el ciclismo. Dicen de él que fue un buen fondista, y lo cierto es que los aficionados a la bicicleta le deben un hito fundamental: gracias a Prieto, la Vuelta Ciclista a España incluyó en su recorrido la subida al Angliru. A sus manos llegó el reportaje de una revista de principios de los noventa: ‘Atrévete con el puerto más duro de España’. Prieto, por supuesto, quiso subir a testarlo, altímetro digital y lupa al cuello, para alcanzar a leer el registro de datos. Tras su experiencia, en 1997 envió una carta que llegó al patrón de la Vuelta: tenemos el Mortirolo español —en referencia a ese puerto alpino que supone una de las etapas cumbre del Giro. En 1999, el Angliru hizo su debut en la gran ronda española, y el resto es historia.

Habla

Miguel Prieto

Licenciado en Derecho

Aficionado al ciclismo: gracias a él, se incluyó la subida al Angliru en la Vuelta Ciclista”

EL PAÍS fue la voz de los jóvenes que en la Transición adquirieron conciencia política. Un diario con pensamiento, hondura y plumas imbatibles.

Miguel Prieto. Licenciado en Derecho

La tarraconense Reyes Lluch encontró desde niña en la música la forma de expandir esas fronteras que las dificultades visuales parecían querer imponerle a su mundo. Estudió guitarra, y también piano y canto. Participó activamente en aquella vida cultural catalana que, en los años de la Transición, suponía el mejor síntoma para creer en un resurgimiento cierto. Y convirtió después eso que había nacido como vocación en profesión. En mucho más, en realidad, dado que Lluch consagró su carrera a promover que las artes sirvieran como herramienta de participación: gracias a ella, unos 1.600 actores y actrices ciegos o con discapacidad visual se han subido a las tablas de un teatro. Su palmarés es largo, aunque en él brilla con fulgor especial un premio Max.

Pregunta. ¿Dónde estaban el 4 de mayo de 1976, cuando salió el primer número de EL PAÍS? ¿Cuál fue su primer contacto con el diario?

Prieto. En ese momento vivía en Asturias, en Sama de Langreo, en los valles mineros, y estaba cursando primero del Bachillerato Unificado Polivalente, el BUP. Lo empecé justamente en septiembre del 75, y ese noviembre murió Franco, así que fíjate qué curso más movidito. Pero en mayo de 1976 yo era estudiante, no muy preocupado o interesado en la actualidad, tan solo en el deporte. Sí recuerdo, sin embargo, que había ejemplares de EL PAÍS en sitios para mí emblemáticos. Porque en el Langreo en el que crecí (me fui con 22 o 23 años) la conciencia social era muy avanzada. El obrero o el metalúrgico que trabajaba duramente en sus turnos de mañana, tarde o noche luego se iba a leer periódicos y libros a lo que se llamaba entonces el hogar del productor, lo que luego serían las casas del pueblo. No era un mero local sindical, era una construcción con bibliotecas, cines, la gente jugaba al dominó o las cartas. Y, bueno, pensemos lo que significaron en la España de aquella época de transformación política. El diario EL PAÍS comenzaba a ser moneda de curso común, la gente lo llevaba bajo el brazo; a medida que pasaban los años se consolidaba como una voz diferente a las hegemónicas de la época. Prendía en los jóvenes, en esos que adquirían conciencia política, como fue mi caso, en la universidad.

Lluch. En mayo del 76 yo era una niña de 17 años que vivía en Tortosa (Tarragona) y todo mi grupo de amigas estaba preparándose para tener un futuro. Ese era nuestro interés. Queríamos un país más abierto, poder hablar de muchos temas. La publicación de EL PAÍS fue un soplo de aire nuevo, de libertad. Mis amigas lo leían y charlábamos, era una gran forma de análisis y debate. A mí me encantaba la sección de Cultura, porque yo era estudiante de música clásica, estudiaba guitarra y me encantaba leer las críticas de Enrique Franco. Cuando teníamos oportunidad, íbamos a escuchar conciertos: clásica, jazz, cantautores. EL PAÍS se ocupaba de hablar de los géneros emergentes. También prestaba atención a la literatura que nos interesaba, siempre nos fiábamos de sus recomendaciones sobre nuevos títulos publicados, libros interesantes, de sus críticas, leer su sección de Internacional… A mí que me gustaba muchísimo viajar, te abría las miras: siempre fue muy interesante cómo la enfocó el periódico. En Cataluña hablábamos dos idiomas, castellano y catalán, y mi familia, gracias a esa perspectiva que ofrecía, siempre trató de inculcarnos el valor de aprender otras lenguas y comunicarnos con gente diversa: fue una ayuda para tener la mente más abierta.

Reyes Lluch

Promotora cultural

Experta en teatro, música y artes plásticas: ganadora de un premio Max

Las dificultades de acceso a los medios escritos de las personas ciegas empezaron a solventarse con la prensa digital

Reyes Lluch. Promotora cultural

Aquellos primeros años consolidaron una relación que se mantendría durante décadas. Para Prieto, EL PAÍS representaba una forma rigurosa de acercarse a la actualidad, con un periodismo de profundidad que encontraba difícilmente en otros medios. Lluch, por su parte, fue ampliando sus intereses desde las páginas culturales hacia los artículos de opinión, convencida de que una democracia madura necesita confrontar ideas y no únicamente consumir titulares.

Con el tiempo también cambió la manera de leer. Para ambos, la llegada de la edición digital supuso una transformación radical: la apertura definitiva de una puerta hacia la autonomía que durante décadas había permanecido, como mucho, entreabierta. Prieto la vivió como una evolución natural del periódico hacia otro ecosistema informativo. Lluch, en cambio, la recuerda con hondura: ya no dependería de nadie para leer. Esta evolución tecnológica la resumen fuentes de la ONCE: “En cuanto aparecieron los diarios web, las personas ciegas pudieron hacerse con distintos dispositivos que leían en alto aquello que estaba escrito en la pantalla para que pudiera escucharse. Había incluso aparatos que traducían los artículos a braille. Hoy, hay periódicos como EL PAÍS que, directamente, ofrecen la posibilidad de que una IA transforme en audio con una voz lineal y poco interpretativa —como prefieren las personas ciegas— cada uno de sus artículos”.

Si, como lectores de EL PAÍS, existe un día que ambos recuerdan con precisión fotográfica, es el 23 de febrero de 1981.

Pregunta. El 23-F es un día importante en la historia del diario, que lanzó una edición especial esa misma noche. ¿Qué estaban haciendo ese día y cómo recuerdan la actuación de los medios de comunicación?

Prieto. Eso lo tengo grabado en la memoria. Era lunes, yo estaba estudiando segundo de Derecho. Tenía que preparar un examen de derecho civil, justo ese año que se aprobó la ley del Divorcio. Yo entonces era una persona muy implicada. Cuando se publicó EL PAÍS reivindicando el estatus democrático de aquella España que daba un pasito para adelante y otro para atrás, con balbuceos, con atentados de ETA, el Grapo, la Triple A, atentados fascistas… significó muchísimo. La apertura vino enredada en mucha confusión. El martes 24 de febrero la mitad de mi clase quería entrar y seguir con las asignaturas como si nada; y la otra mitad señalaba el momento crucial de la historia que vivíamos. El gesto de EL PAÍS nos enseñó qué tipo de prensa necesitaba un proyecto de progreso con el que nos sentíamos representados.

Lluch. El 23-F me pilló volviendo del Conservatorio de Tarragona a Tortosa. Mi hermana, que vivía en Tarragona, me había acompañado al tren; yo subí al vagón y, como el resto de los que estaban ahí sentados, no me enteré de nada. Fue cuando por fin llegué a casa cuando fui consciente del tremendo golpe de Estado. Mis padres estaban en Valencia, tuvieron prácticamente los tanques en la puerta: fueron horas de mucha incertidumbre, de miedo, pendientes de la radio y la televisión. Hasta que salió el Rey. La edición especial de EL PAÍS, defendiendo la democracia y las libertades, el pacto constitucional, nos dio tranquilidad, nos ofreció la certeza de que nuestro país iba a continuar por la senda de la democracia.

Tanto Prieto como Lluch llegaron muy jóvenes a la ONCE y han permanecido en la organización una vida entera. Prieto se mudó a Madrid con 23 años y, desde el principio, mostró interés por participar en el asociacionismo que prestaba ayuda a las personas con discapacidad. Fue director adjunto del área de Juego de la ONCE y, actualmente, gestiona la unidad de Juego Responsable. Lluch, armada sempiternamente con una guitarra que no ha dejado de tocar, fue durante años responsable de Promoción Cultural de la ONCE: ha impulsado más de 40 grupos de teatro, con más de 45 montajes anuales de media; y también ha prestado apoyo a cientos de iniciativas literarias, musicales y de artes plásticas.

Ambos, cuando se paran a analizar el presente de España y cómo lo afronta la prensa, coinciden en el complejo desafío al que se enfrenta el periodismo de hoy, ese que, dice Prieto, de pronto da igual cabida a influencers que a buenos columnistas. Prieto echa de menos la profundidad intelectual, aquella sensación de que cada artículo ayudaba a comprender la realidad y no solo a reaccionar ante ella. Para Lluch, el mal mayor es la radicalización ideológica, la composición de informaciones donde, en su opinión, se percibe ya un sesgo intencional. La tarraconense lamenta la creciente polarización del debate público y reclama medios capaces de preservar la independencia y de favorecer una conversación democrática realmente fructífera, basada en el respeto a las opiniones diferentes.

Cinco décadas después, ambos se mantienen fieles al mismo periódico, a un diario EL PAÍS hoy global. Quizá por eso insisten tanto en el valor de la información con contexto, en la preservación del pensamiento crítico. Tras medio siglo, el objetivo no ha cambiado: están convencidos de que el periodismo todavía tiene la obligación de hacernos comprender mejor el mundo.

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