Los 140 minutos de horror del crimen de Camilo Séptimo en Atizapán
En el camino de vuelta, Jonathan Meléndez empezó a sentirse nervioso. Llamaba a su casa y nadie le contestaba. Inquieto, marcó a la caseta de seguridad del fraccionamiento y pidió que llamasen al departamento por el interfón, a ver si alguien daba señales de vida. En su teléfono, abrió la app que daba acceso a “su Alexa”, un dispositivo domótico que le permitía ver lo que recogía la cámara, hablar por el celular y que se escuchara en el altavoz del artefacto… Pero nada. Pasaba de las siete de la tarde. El amigo que iba con Meléndez en el carro dice que ya entonces se preocupó. Algo pasó en los minutos siguientes, algo que vio en las imágenes de su Alexa, o quizá que, finalmente, alguien le contestó al teléfono, porque a las 19.20, marcó alarmado al supervisor de seguridad y le pidió que llamara a la policía: “Me dijo que su socio estaba armado”.
Su socio, Diego Sebastián, había llegado a la casa familiar a las 17.23. La casa es un ático de dos alturas en un edificio de un complejo residencial, en Atizapán, al norte de Ciudad de México. Los vigilantes de la entrada conocían al socio, porque había visitado a Meléndez y su familia en varias ocasiones. Aun así, la vigilante de turno tomó sus datos y llamó a la casa para informar de la visita. Ella dice que “la residente de nombre Ana Paula” permitió la entrada de Sebastián. Sin embargo, Ana Paula González, la esposa de Meléndez, no estaba. Llegaría al complejo 19 minutos después, con sus dos hijos. Quien sí estaba era Aleyda Romero, la joven que les ayudaba con las tareas del hogar. Fuera como fuera, el socio entró.
Los 140 minutos siguientes acabarían por contener uno de los mayores horrores que ha vivido México en los últimos tiempos, la masacre de la familia Meléndez González, con la única excepción del hijo mayor, de cinco años. En algún momento de la tarde de aquel 1 de septiembre, el socio, Diego Sebastián N, ya detenido y procesado, mató de un balazo en la cabeza a Ana Paula, a su hija pequeña, de tres años, a Romero, de 21, al mismo Meléndez y a uno de los perros. No se sabe con exactitud cómo fue, en qué orden, por qué a las mujeres y la niña, preguntas todas ellas que alimentan el tormento familiar. Se desprende, por declaraciones de testigos, familiares y conocidos, información que integra la investigación, a la que ha tenido acceso EL PAÍS, que todo empezó por un intento de robo de Diego Sebastián a Meléndez, un intento por hacerse con su cartera de criptomonedas.
Hay un aspecto más que probable: el ataque comenzó pasadas las 18.25. A esa hora, Aleyda Romero bajó con dos de los perritos de la familia a pasear. El paseo duró 38 minutos. A las 19.03, la mujer, de 21 años, que trabajaba allí de martes a viernes, volvió con los animales a la casa. No hay constancia en el expediente judicial de que Aleyda fuera consciente que algo andaba mal. No le dijo nada a la vigilante de la puerta, ni llamó a su padre o su madre por teléfono, a juzgar por las declaraciones que estos últimos darían después a las autoridades. La joven volvió con los perros, tomó el elevador del edificio, subió los cuatro pisos, llegó a la puerta color café, abrió, entró…
Un caso de “alteración del orden”
Era un aviso de rutina, algo aparentemente poco grave, un caso de “alteración del orden” en una urbanización cerrada. El agente de la policía de Atizapán escuchó la llamada por radio y fue para allá. Estaba cerca, solo tenía que cruzar la autopista La Venta-Lechería y llegaba. A esa hora, las 20.20, no le costaría más de 15 minutos. Cuando llegó, el supervisor de seguridad le dejó pasar. Ambos fueron al departamento en cuestión, el ático del edificio cuatro. El agente llamó a la puerta color café varias veces, pero nadie abrió. Ni un ruido, ni siquiera los ladridos de los perros, detalle que el supervisor recordaría después, cuando fue a declarar a la fiscalía. “Se tenía conocimiento de que dentro de dicho penthouse tenían perros, e incluso son ruidosos”, diría.
Pero no salía ruido alguno del departamento, porque dentro estaban todos muertos. Todos, menos un niño de cinco años que ignoraba las llamadas, un niño que en ese momento convivía con los cadáveres de su hermana, su niñera, su padre, su madre y una de las perritas. Ignoraba las llamadas, o no las oía: dos días después, su abuela le diría a un agente de la Fiscalía que el niño estaba en shock y que lo único que decía es que había sido “el malo del Sebas”. Y si dos días después el niño estaba en shock, es razonable pensar que aquella tarde también lo estaba. Por eso no abría la puerta –o por temor a que fuera “el malo de Sebas”– y el agente, que ignoraba su presencia, pensó que mejor se retiraba de allí.
El agente no tenía mayor información de lo sucedido en el departamento, a juzgar por el informe que rendiría horas más tarde a la Fiscalía, documento que consta en la investigación del caso. Quien sí podía tener algún tipo de idea era el supervisor de vigilancia del edificio, que al menos una hora y diez minutos antes, a las 19.20, había recibido una llamada de una de las futuras víctimas, un alarmado Jonathan Meléndez, pidiéndole que llamara a la policía municipal, porque en su casa estaba su socio, armado. A esa hora, las 19.20, Meléndez, músico popular en la escena indie nacional, tecladista de la banda Camilo Séptimo, estaba camino de vuelta a la casa con su amigo, después de jugar una partida de pádel. Pero el supervisor no le dijo nada al agente y, si lo hizo, el agente no se dio por enterado.
Se hace raro pensar en esa pareja, en todo lo que supuestamente no hablaron. Porque para entonces, Diego Sebastián ya se había ido de allí. En la garita de seguridad, la vigilante, subordinada del supervisor, los había visto salir. De hecho, Diego Sebastián había amagado a la mujer con su pistola, apurándole para que subiera la pluma, la barrera de salida. “¡Cámara, hija de tu puta madre, abre la pluma que ya me tengo que ir!”, dijo ella que le gritó el presunto asesino. Es más, según las declaraciones a las que El PAÍS tuvo acceso, junto a ella estaba, en ese momento, el amigo del pádel de Meléndez. El presunto asesino, que lo conocía, también tuvo palabras para él: “¡Tú, pinche negrito bimbo, donde se te ocurra decir que me viste, te voy a matar como a tus pinches amigos!”, de acuerdo al expediente al que EL PAÍS tuvo acceso. Y es raro que la vigilante no le dijera todo esto a su supervisor y que el supervisor, que una hora antes había recibido la llamada de Meléndez pidiéndole que llamara a la policía, no le dijera al agente.
El amigo
Aquel 1 de septiembre, “estuvimos en la calle la mayor parte del día”, dice el amigo del pádel. Fue al ático por la mañana, salió con Meléndez a desayunar, volvieron, fueron a una junta en el barrio de Polanco, en la capital… “En todo momento noté a Jonathan desconcertado, como que andaba distraído”, añade. Conocidos desde hacía cuatro años, el amigo y Jonathan –Honas para los cercanos– pasaban mucho tiempo juntos. Habían entrado en contacto en un concierto de Camilo Séptimo. Honas le había pedido que trabajasen mano a mano. El amigo empezó entonces a ayudarle con algunas canciones. Luego conoció a su esposa, a sus hijos… Muchas veces, dijo en su declaración, se quedaba a dormir para aprovechar más el tiempo cuando trabajaban.
Los dos comieron juntos aquel día en la casa. Por la tarde, emprendieron el camino al pádel. Si Honas sentía algún tipo de preocupación por sus negocios con Diego Sebastián, no lo dijo. O al menos, el amigo no les dijo nada a las autoridades. Un familiar sí les diría después que, desde hacía un mes, Meléndez estaba teniendo problemas con Diego Sebastián, argentino de nacimiento, naturalizado mexicano. “Diego Sebastián le pidió un préstamo de 300,000 pesos, pero él no se los quiso prestar. Es desde esa temporalidad que comenzaron los problemas con esta persona”, dice. Este familiar añade que ambos se habían conocido hacía seis meses y que tenían un negocio juntos. Diego Sebastián rentaba casas de lujo, Honas le hacía la publicidad y él a cambio le hacía descuentos en algunas rentas.
El familiar dice también que Meléndez “le platicó” a su socio de una inversión en criptomonedas que había hecho años atrás, aunque no da más detalles. No se sabe cuánto sabía Diego Sebastián sobre las criptomonedas, si sabía dónde guardaba Honas las claves de sus cuentas, o cuánto dinero tenía. El familiar declaró que la inversión inicial de Honas había sido de tres millones de pesos, según le dijo él, pero que ignoraba cuánto tenía en la actualidad. También dijo que la víctima guardaba sus claves en una memoria USB negra. Y añadió que, cuando él y otros parientes entraron a la casa después de los asesinatos, para agarrar las identificaciones de las víctimas y llevarlas a la Fiscalía, la memoria USB no estaba por ningún lado.
Mientras estaban en el pádel, el amigo recibió un mensaje de la esposa de Meléndez. Eran las 17.54. Le dijo que Diego Sebastián estaba en la casa, que ya llevaba rato esperándolo, y que le escribía a él porque a su esposo no le entraban los mensajes. El amigo le dijo a Honas y este llamó acto seguido a su socio. Le dijo que estaba jugando a pádel, pero Diego Sebastián le dijo que lo esperaba. Es poco probable que Meléndez sintiera una inquietud demasiado intensa por aquel intercambio. De lo contrario, habría vuelto de inmediato a la casa. O quizá sí la sintió, pero se la guardó, para no sentirse paranoico. O quizá el correteo en la pista liberó un torrente de endorfinas que mantuvo a raya por un rato toda preocupación. Fuera como fuera, el juego aún duró una hora más y los dos amigos no emprendieron el camino de vuelta hasta las 19.00.
Pero en el camino de vuelta, todo el bienestar del juego se desvaneció con rapidez. A las 19.28, la camioneta con los dos amigos entraba al fraccionamiento. Condujeron hasta el estacionamiento del edificio y Meléndez salió disparado hacia el elevador. El amigo le siguió, quería subir con él: al fin y al cabo, Honas ya sabía, de alguna manera, que su socio estaba armado, como le había dicho al supervisor. Pero le retuvo. “Me dijo, ‘espérame aquí abajo, si no contesto, pide ayuda”, explica. “Al mandarle mensaje y no contestarme, es que decido pedir ayuda en la caseta de vigilancia”, añade. Según la vigilante, el amigo llegó a la caseta hacia las 19.38. Este le dijo lo que había ocurrido. La vigilante llamó al supervisor y a la administradora del predio. En esas andaban, cuando el vehículo de Diego Sebastián llegó a la garita y este sacó su cuerpo por la ventanilla, gritando, con una pistola en las manos.
El ariete
El agente policial vio al amigo de Honas en el estacionamiento pasadas las 20.30, cuando bajaba del departamento de los Mélendez, tras sus infructuosos llamados a la puerta. Habían pasado 70 minutos desde la primera llamada a la policía, 62 desde que su amigo había subido al ático, 52 desde que él había acudido a la caseta de vigilancia, 50 desde la huida de Diego Sebastián con su chofer, en un Kia gris, y poco más de diez desde que había llegado el primer policía. Pero el amigo no le hizo reclamo alguno y le contó, palabra por palabra, lo que había ocurrido. El agente decidió entonces que volvieran a subir. Llamó de nuevo a la puerta, pero nada. El amigo insistió: eran una familia, con dos niños pequeños, con varios perros –tres, al menos–, era imposible que no se escuchara nada. Y ahí dentro estaban todos.
El agente estuvo de acuerdo, era extraño. Pero él no contaba con herramientas para abrir la puerta, así que pidió refuerzos. A las 21.15, llegó un segundo agente, equipado con un ariete metálico. En segundos forzaron la cerradura y entraron. Los agentes pidieron al amigo que esperara fuera. Los dos se enfrentaron, entonces, al horror. Primero encontraron al perro, uno de ellos, un golden retriever. Estaba muerto, tirado en el piso del baño que hay junto a la entrada. Tenía una herida de bala en la cabeza y el hocico atado con cinta industrial gris. Los agentes avanzaron. Había una sala, con algunos instrumentos musicales y, más allá de la sala, el comedor y la cocina. Al otro lado de la cocina había un área de lavado y justo al lado, un cuarto de servicio. Los agentes entraron y vieron a una mujer sobre la cama, boca abajo, las manos atadas a la espalda, con un balazo en la cabeza y la boca tapada con cinta. Era Aleyda Romero.
Los agentes siguieron y fueron al piso de arriba. Mientras subían la escalera, vieron manchas rojas en el piso y los escalones. Los peritos constataron más tarde su existencia, nueve metros de pisadas, concretamente, que venían del comedor y la cocina, huellas de pies descalzos. En la pared, junto a la escalera, a 87 centímetros de altura, los agentes vieron una mancha de sangre con forma de mano –o un fragmento de la palma de la mano. Los peritos certificaron después que era una marca de diez por siete centímetros. En el piso de arriba había una sala y tres habitaciones. Los agentes no encontraron rastro de los otros perros, al menos dos. Y si los vieron, omitieron decirlo en sus informes. En la habitación principal, subiendo a la derecha, encontraron, sobre un sofá color café, el cadáver de Honas Meléndez. Como Aleyda, tenía la boca tapada con cinta, las manos atadas a la espalda y los pies amarrados.
Finalmente, los agentes fueron al baño. En la regadera, encontraron los cuerpos de Ana Paula y su hija, la primera descalza, sentada, apoyada en la pared. El asesino le había amarrado el cuello con cinta, igual que el brazo derecho y los pies, a los que había colocado igualmente un cincho blanco. Sobre ella estaba la niña, arrodillada, echada sobre el regazo de su madre, con su blusita de princesas. Las dos tenían un tiro en la cabeza. Cuando salieron de allí, los agentes entraron en el cuarto de enfrente y vieron a un niño, algo mayor que la pequeña que habían encontrado en el baño. “A simple vista”, escribió horas más tarde uno de los agentes en el informe que rindió ante la Fiscalía, “no contaba con lesión visible”.
Las placas del auto
Diez horas después de aquello, las autoridades encontraron el carro en el que había huido Diego Sebastián con su chofer, Gerardo N, un Kia gris. Los investigadores sabían para entonces que las placas que portaba el vehículo el día anterior, cuando llegaron a la casa de los Meléndez González, pertenecían a otro. Alguien las había robado de un carro el 29 de agosto, en las calles de la alcaldía Benito Juárez, en Ciudad de México, muy cerca, por cierto, de donde vivía Diego Sebastián, en la colonia Del Valle. Ese dato permitía saber dos cosas. Una, que Diego Sebastián había tomado la decisión de matar a los Meléndez –o a Honas, al menos– días antes. Y dos, que el chofer, Gerardo N, dueño del Kia, era consciente de que la visita a la familia Meléndez era de todo menos amistosa.
El carro apareció en el cruce de las calles Bosque de los Cipreses sin número, esquina con Avenida Bosques del Estado de México, en el municipio de Tecámac, al otro lado del área metropolitana de la capital, poco antes de las 8.00 del 2 de septiembre. Muy cerca de ahí vivía el mismo Gerardo N, cosa que constató un investigador de la Fiscalía, cuando preguntó a unos vecinos. “Es chofer de Uber o Didi”, le dijeron. Diego Sebastián cayó poco después, en una zona boscosa, conocida como La Marquesa. Al separarse de Gerardo N, había ido a buscar un BMW X1 color blanco, propiedad al parecer de su hermana. Con el carro, se fue hacia el bosque. Allá terminó su periplo.


