León XIV orilla a los católicos LGTBIQ+, que en la Iglesia aún llevan el estigma de pecadores
En el acto de despedida de Madrid que celebró el Papa el martes, en Ifema, Niurka Gibaja, entusiasmada, viviendo el momento como la culminación de cuatro días de trabajo como voluntaria, agitó una banderita multicolor al aire. Entonces sonó una voz detrás suya, denotando desagrado:
—Me estás tapando, no me dejas grabar.
Hasta aquel momento, explica ella, ninguno de sus gestos de alegría o agradecimiento había perturbado a nadie. En cambio, sí molestó que izara la banderita por la diversidad. “Es curioso”, dice con un punto de ironía, también de indignación.
Lo vivido por Gibaja, creyente y además teóloga, mujer transexual madrileña de 45 años, sintetiza una parte de la experiencia habitual de la comunidad católica LGTBIQ+. Están ahí, creen como los demás, ayudan como los demás. Pero su disfrute es incompleto, porque siempre hay algo que les recuerda que no son reconocidos al mismo nivel, que no deben ser del todo ellos mismos.
En la visita a España de León XIV, la diversidad ha sido —junto al papel de la mujer en la Iglesia— la gran laguna. La comunidad LGTBIQ+ ha quedado orillada. “Con la excusa de que hay que buscar lo que nos une, no lo que nos desune, el tema ha quedado postergado. Pero la Iglesia debería preguntarse: ¿no será que no integrar es lo que nos desune?”, cavila Gibaja.
EL PAÍS acompaña a un grupo de jóvenes LGTBIQ+ a la misa del Papa en CIbeles
Lo más triste para ella, y para el resto de la comunidad, es que el silencio que ha mantenido León XIV todavía es preferible a que hubiera repetido la posición doctrinal, lo cual hace que muchos —no Gibaja— casi acojan con alivio que el Papa no diga nada. Porque el Catecismo establece que “los actos homosexuales” obedecen a una inclinación “desordenada”, son “contrarios a la ley natural” y “no pueden recibir aprobación”. Quienes desean realizarlos deben guardar “castidad”, se lee en el numeral 2359.
Jordi Valls (Vilanova i la Geltrú, 69 años), portavoz de la Asociación Cristiana LGTBI de Cataluña, relee estas palabras con decepción. “Las coartadas para esta condena se han ido cayendo. Se decía que era un rechazo basado en Sodoma y Gomorra, pero ningún biblista lo sostiene. Ya solo queda la excusa de la tradición, ¡pero la tradición también justificaba la esclavitud!”, observa Valls, que como Gibaja también lleva clavado como una espina el silencio del Papa. Le encantaría oír del pontífice un mensaje de reconocimiento, más aún verlo cambiando la doctrina, pero no cree que lo haga. “León XIV no quiere. Igual que Francisco, teme un cisma”, señala.
Doctrina dura
El Catecismo tiene su actual redacción sobre la cuestión desde el papado de Juan Pablo II, conocido por sus posiciones ásperas sobre la homosexualidad, como cuando en 2000 calificó de “afrenta” la marcha del orgullo gay en Roma. También restrictivo fue el enfoque de su sucesor, Benedicto XVI, que antes de convertirse en pontífice había detallado en dos textos, uno de 1986 y otro de 2003, la posición de la Iglesia. Y es una posición dura.
La distinción entre “tendencia homosexual y actos homosexuales”, advertía el cardenal alemán, había dado pie a “interpretaciones excesivamente benévolas de la condición homosexual”, pese a que inclina “hacia un comportamiento intrínsecamente malo” e “inmoral”. El rechazo al matrimonio homosexual es tan rotundo como a la adopción por gais y lesbianas, que expone a los menores a “violencias de distintos órdenes”. Y añade: si ser homosexual no es pecado “en sí”, el acto homosexual sí lo es. Así que solo queda la castidad.
Cambio de tono
Con Francisco (2013-2025), al menos el tono cambia. Sus palabras son de acercamiento, no de reprensión. El Papa argentino conocía la cuestión. En 2010, siendo arzobispo de Buenos Aires, había apoyado en privado cierto reconocimiento a las uniones entre homosexuales como vía de oposición blanda a la ley de matrimonio igualitario. Ya en Roma, inaugura su pontificado con una pregunta: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

Es la primera de varias declaraciones aperturistas. Las más resonantes fueron en 2020, cuando apoya que las parejas homosexuales puedan estar “cubiertas legalmente”. Pero no todo son palabras. El Vaticano aprueba con Francisco la bendición para estas parejas. Aunque no defiende el matrimonio para ellas, los cambios remueven a la Iglesia, donde también se establece que una persona trans puede ser padrino o madrina en una boda.
El sector progresista de la Iglesia le reconoce ese haber. En el debe, la misma indicación sobre las personas trans sujeta las cesiones a que no haya “escándalo”. Otra vez, el estigma. En 2024, penúltimo año de su papado, declara el cambio de sexo un riesgo para la dignidad humana. Aquel mismo año, se filtra que ha pedido a los obispos italianos que no admitan seminaristas gais. Ya hay demasiado “frociaggine”, algo así como “mariconeo”, les dijo. También decepciona a este sector que la declaración que permite la bendición a parejas homosexuales acote su alcance, como es propio para una “situación irregular”, limitándola a un reconocimiento “espontáneo” dentro de la oración “breve”. “Es una bendición por la puerta de atrás”, afirma Jordi Valls.
Inmovilismo
“Francisco dijo muchas cosas bonitas”, resume Valls, una forma de decir que hubo más ruido que nueces. Su crítica al argentino es respetuosa, sin rencor. También la que dirige a su sucesor, el estadounidense-peruano Robert Prevost, del que lamenta que incluso haya enfriado el lenguaje sobre la comunidad LGTBIQ+. “Es contradictorio. Ha dicho que en la Iglesia caben todos, pero que no va a tocar lo que está escrito”, afirma. El propio Papa lo ha confirmado. Abortando las especulaciones sobre su posición en un tema tan polémico, León XIV salió a la palestra en septiembre de 2025 para anticipar su inmovilismo. Es “muy improbable” que en un “futuro cercano” cambie la doctrina. “La familia es padre, madre e hijos”, zanjó.

En cuanto al episcopado español, los términos duros son la regla. Desde la salida del armario en 2002 del cura José Mantero en la revista Zero, cuando la Conferencia Episcopal (CEE) reaccionó aclarando que la Iglesia considera la homosexualidad “un pecado”, el carrusel de pronunciamientos en esta línea no ha dejado de crecer. En 2020, tras las palabras de Francisco sobre las parejas homosexuales, Luis Argüello, entonces portavoz de la Conferencia Episcopal y hoy su presidente, se apresuró a rebajar el alcance de las declaraciones. En 2022, la CEE calificó de “perversión” la ley trans.
Las tribulaciones de la comunidad católica LGTBIQ+ no se limitan a constatar cómo el alto clero español sobresale en conservadurismo en comparación con Roma. También sufren en sus propias parroquias. Esta misma semana, en plena visita del Papa, un vecino de Villanueva del Río y Minas (Sevilla) ha denunciado que le fue negada la comunión por ser considerado “indigno” de recibirla, al estar casado con otro hombre. EL PAÍS preguntó al Arzobispado de Sevilla, sin respuesta.
Optimismo e impaciencia
No toda la jerarquía española comparte la actitud admonitoria. Raúl Peña, portavoz de la comunidad cristiana Crismhom, de 43 años, hombre gay casado con una persona no binaria, celebra la actitud del arzobispo de Madrid, José Cobo, que ha creado una línea de acceso a los actos del Papa para “otras realidades eclesiales” en la que Peña y sus compañeros han entrado “con todas las de la ley”. “Contar con 13 entradas para el acto del Movistar Arena puede parecer una anécdota, pero es ilusionante. Demuestra que soy uno más”, expone.
¿Decepcionado por el silencio de León XIV? “Sí y no. Ni ha hablado de personas LGTBI, ni de mujeres, ni de celibato, ni de divorciados… Comprendemos su modus operandi, centrado en no generar conflicto ni polarizar”, señala. Aunque “claro” que le gustaría “un cambio por decreto”, cree que toca “ser pacientes” o, “como decía Jesús, mansos como palomas y astutos como zorras”. Se refiere a que, aunque no se prevé cambio doctrinal, el mensaje tolerante de Francisco, del que León XIV no reniega, ha abierto el camino a una normalización de la comunidad LGTBIQ+ en la vida de la Iglesia, desde la religiosidad popular —es conocida su decisiva contribución a la Semana Santa de Sevilla, retratada en el documental Dolores guapa— hasta la visita del Papa. “Antes, si estaba, era calladito. Ahora soy como soy. Esa presencia va a ir generando un cambio imparable”, pronostica.
Francis DeBernardo, director de New Ways Ministry, una organización estadounidense que lleva casi medio siglo defendiendo los derechos de la comunidad LGTBIQ+ en la Iglesia, también deja espacio al optimismo. Aunque “por supuesto” le gustaría ver al Papa denunciar leyes homófobas que a menudo cuentan con el “vergonzoso” apoyo de obispos locales, confía en los frutos de su actitud “prudente”. “Mientras no impida las reflexiones teológicas y no obstaculice los proyectos pastorales [de integración], permitirá un importante crecimiento en la acogida, esencial para que, finalmente, también haya avances en la jerarquía vaticana“, analiza.
Niurka Gibaja se muestra más impaciente. “No nos podemos conformar. Ahora nos estamos empoderando y es importante mostrar fuerza y firmeza”, señala la teóloga, miembro de Crismhom y de Revuelta de Mujeres, colectivos que durante la visita del Papa han recordado que la diversidad es una asignatura pendiente. También la Plataforma de Entidades LGTBI de Cataluña, que ha lanzado una campaña con este lema: “El dret a ser no es nega, l’amor tampoc. León XIV: l’amor de Crist no discrimina”.
Pero según Gibaja no son solo estos colectivos, sino toda la Iglesia la que debe advertir la contradicción que supone que el mismo pontífice que ha lanzado en el Congreso un alegato contra la discriminación por origen, etnia o religión mantenga el “tabú” —dice ella— sobre la discriminación a la comunidad LGTBIQ+. “El Papa dijo: ‘Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano’. Eso es precioso. Pero eso no se hace carne sin mirarme a mí en mi integridad, reconociendo que soy obra de Dios, y que mi cuerpo también es sagrado. Hace falta una reflexión seria. Aquí hay un desafío grande para la Iglesia”.

