La vida al límite junto a la línea amarilla de Gaza: “Cuando se acerca el atardecer, salir es una sentencia de muerte”

“Para, para. Deja de grabar, nos van a matar. Que Dios te ayude”, grita Mohamed Sha’at, de 52 años, con el cuerpo temblando, la voz entrecortada y la cara enrojecida. Agarra a su hijo menor, Amir, de nueve años, y empuja al resto de su familia desde el patio hacia un refugio improvisado, una construcción más precaria que una tienda de campaña, fabricado con restos de madera, hojalata y tiras de tela. Sha’at extiende el brazo y mete a este reportero dentro mientras la familia levanta las manos en señal de oración. Un dron acaba de asomar en el cielo sobre nuestras cabezas.

Es mediodía y en el interior de la precaria construcción cubierta con una lona de nailon, el calor es abrasador, aunque eso es lo de menos. Dentro, empapados de sudor, la familia gazatí se concentra en sobrevivir los siguientes minutos.

La familia Sha’at, dos padres y siete hijos de entre 9 y 25 años, vive a la altura de Jan Yunis en lo que se conoce como el primer punto habitado pegado a la línea amarilla, es decir, la demarcación que fija la zona de Gaza bajo control israelí tras el alto el fuego del pasado octubre y que abarca casi el 60% del territorio de la franja palestina. Cruzarla, o acercarse a ella, significa la muerte, ya sea por disparos de francotiradores o desde el aire. Cerca de 1.000 palestinos han muerto desde que entró en vigor el alto el fuego, según cifras del Ministerio de Salud de Gaza. Desde el pasado octubre y hasta finales de febrero, la ONU documentó la muerte de 224 palestinos por disparos israelíes, incluidos niños, en torno a la llamada línea amarilla.

Mapas de ubicación

Las calles están casi vacías. Apenas un puñado de personas se mueve entre las ruinas y en el horizonte se ven luces militares israelíes. El sonido de tanques y disparos intermitentes recorre el aire. La zona parece, como dijo un vecino, un pueblo fantasma: edificios demolidos hasta donde alcanza la vista y, entre los escombros, pequeñas tiendas y habitaciones medio derruidas donde algunas familias han decidido quedarse.

Un escenario de muerte

“Vivimos en un constante escenario de muerte”, dice Sha’at. La presencia de un extraño lo empeora todo, explica: los drones de vigilancia se han acostumbrado a las pocas caras que aparecen en este tramo de Jan Yunis. Una persona nueva despierta sospechas, y eso puede suponer disparos.

El dron se aleja y la familia sale poco a poco de la tienda. La madre, Mariam, de 45 años, retoma el lavado de ropa a mano en una palangana de plástico con un poco de detergente. Las cuatro hijas —Angham (25), Rania (23), Rana (22) y Ranin (20)— sacan unas mantas al exterior y las tienden al sol, con la esperanza de que el calor elimine el olor. No hay suficiente agua para lavarlas. No hay electricidad. No hay lavadora.

Mohamed Sha’at, gazatí de 52 años

Sha’at, que trabajaba como jornalero antes de la guerra, ha plantado un pequeño huerto de tomates en el patio, frente a las ruinas de su casa demolida. Es demasiado peligroso desplazarse lejos en busca de comida. “Los mercados están lejos de la línea amarilla”, dice. “Desplazarse es arriesgado”.

Este agricultor tiene claro por qué no se ha ido: Al Mawasi, en el sur de la Franja, es una zona pegada al mar considerada “segura”, pero desbordada de desplazados que se enfrentan a la escasez de alimentos y agua. “Está saturado, lleno de insectos y enfermedades, y no puedo permitirme alquilar un terreno. No hay otra opción”, apunta. Pero no es solo necesidad. “Estar aquí significa que hay esperanza de reconstrucción, esperanza de que la vida vuelva. Y esta es nuestra tierra, nuestro barrio, nuestra ciudad. Intentamos resistir todo lo que podemos”, agrega.

Distribución de ayuda a ocho kilómetros

A varios cientos de metros de esta línea, la situación es ligeramente menos letal, pero no menos desesperada. Allí vive Tahsin al Sharqawi, de 66 años, que ha regresado a lo que queda de su casa: algunas paredes siguen en pie, parte del techo intacto. Vive allí con su esposa, un hijo y su hija Sahar, de 25 años, que tiene dos niñas pequeñas: Tahani, de tres, y Misk, de dos.

Al Sharqawi, barbero antes de la guerra y abuelo de 17 nietos, volvió en los primeros días del alto el fuego de octubre de 2025, tras haberse tenido que desplazar a Al Mawasi. Desde el segundo piso de su casa, a través de ventanas destrozadas y un balcón sin pared exterior, puede ver vehículos militares israelíes moverse a lo largo de la línea. Señala impactos de bala en las paredes de la habitación donde duerme su familia.

“En cuanto se acerca el atardecer, salir se convierte en una sentencia de muerte”, explica. “Las balas y los drones controlan la zona. Nos desplazamos durante el día a mercados lejanos para cubrir las necesidades básicas. Una hora antes del atardecer, el peligro se multiplica”.

La casa es tu patria. Cuando estás lejos, estás en el exilio

Tahsin al Sharqawi, barbero, 66 años

Su hija Sahar sobrevivió recientemente a lo que describe como un golpe de suerte: fragmentos de metralla cayeron a su lado en la calle, cuando intentaba cargar el móvil. Pese al riesgo, no se arrepiente de haber vuelto.

Al Sharqawi muestra el fragmento, del tamaño de una palma. “Aquí la vida y la muerte son iguales. Pero queda la voluntad de quedarse, de permanecer en el hogar, aunque se haya convertido en un montón de escombros”, apunta, subrayando que vivir en casa, después de tanta privación y desplazamientos, genera “alivio”. “La casa es tu patria. Cuando estás lejos, estás en el exilio, aunque sea dentro de tu propia ciudad”, asegura.

Algunos comerciantes también han vuelto a la zona, que antes era un popular distrito comercial de Jan Yunis, pero sus locales, en ruinas, apenas tienen clientes.

Un niño de 13 años herido de bala

No todos han tenido la misma suerte que Sahar. Mohamed Yasser Fares, de 13 años, recibió un disparo en el pie el 11 de mayo. La bala entró y salió limpiamente. Fue trasladado al hospital Nasser, donde le operaron de urgencia. Aún no puede caminar y sigue sufriendo dolor e inflamación.

Su padre, Yasser Faris, de 50 años, cree que el disparo provino de una posición militar en la línea amarilla, a más de un kilómetro, o de un dron, y señala los impactos de bala en el segundo piso en el que vive la familia.

“Fui de los primeros en volver a esta zona”, dice Yasser. “Pensé que estaba lo suficientemente lejos de la línea amarilla. Pero la realidad es que toda la zona es peligrosa. Hay balas por todas partes, pero la única alternativa son las tiendas de campaña en Al Mawasi, y eso parece casi un suicidio por lo dura que es la vida allí”, agrega.

Además, recuerda que la zona cercana a la línea es oficialmente considerada un área segura por el ejército israelí. “Esa clasificación debería significar algo”, recalca.

Bidones de agua

A pocos metros vive Osama al Masri, de 54 años, que tiene a su cargo a 10 personas, entre ellas dos nietos muy pequeños. Cada pocos días, camina cientos de metros cargando pequeños bidones de agua y la vierte en un barril de 200 litros —la única forma de asegurarse de que hay agua potable cuando la fuente se seca.

Las instituciones se niegan a venir, dicen que es demasiado peligroso

Osama al Masri, 54 años

Al Masri vive en un local comercial que antes alquilaba al municipio de Jan Yunis, donde vendía madera. Su casa está justo junto a la línea amarilla y es prácticamente inaccesible. “Además, en esa zona no hay lo más básico para vivir”, afirma. “Las instituciones se niegan a venir, dicen que es demasiado peligroso y no pueden arriesgar a su personal y equipo. Puede parecer lógico, pero podrían encontrar otras soluciones”.

El hombre explica que el punto de distribución de ayuda más cercano está en el extremo oeste de la ciudad de Jan Yunis y él está en el extremo este, a más de ocho kilómetros. “Privarnos de todo es un castigo. Hemos decidido quedarnos y deberíamos ser reconocidos por ello, no abandonados”, protesta. Interrumpe la conversación para colocar un trozo de tela en la entrada del local en ruinas, a modo de cortina improvisada. Luego se vuelve para jugar con su nieta, Ayar, de tres años, que ha crecido escuchando disparos desde que llegó hace ocho meses.

Elpais News