Las olas de calor encadenadas llevaron al extremo el riesgo de incendio en Los Gallardos

El verano de 2026 en Europa tiene muchas papeletas para recordarse como uno de los más mortíferos debido a un clima cada vez más extremo por el calentamiento global. Las durísimas olas de calor encadenadas convirtieron al mes pasado en el junio más cálido en Europa occidental desde que hay registros. Las temperaturas disparatadas han dejado un reguero de muertes, muchas de ellas personas con dolencias previas que se vieron agravadas. 6.000 en Alemania, un millar en España, 2.000 en Francia, 1.200 en Bélgica… Son los recuentos provisionales, basados en aumentos estadísticos de la mortandad, de bajas causadas por ese asesino silencioso que es el calor.

Pero también hay otras muertes mucho más sonoras, como las 12 personas que han perdido la vida atrapadas por el incendio del municipio almeriense de Los Gallardos. Aunque hay más factores que influyen, las altas temperaturas juegan un papel determinante al acentuar el estrés de la vegetación y elevar el peligro de fuegos en entornos forestales. En el caso del Levante almeriense, las dos olas de calor que ha vivido España en un lapso de tres semanas han contribuido a que se disparara ese riesgo considerablemente.

Los datos facilitados a EL PAÍS por la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) apuntan a que el peligro de incendios lleva siendo muy alto o extremo “ininterrumpidamente desde el 30 de junio” en Los Gallardos. Son las dos categorías más altas de las seis con las que cuenta el llamado Índice de Peligro de Incendios Forestales (IPIF), que evalúa la amenaza en función del calor y la humedad, además de otras variables no meteorológicas como el estado de la vegetación, los usos de suelo forestal y la humedad del suelo.

El papel de las olas de calor —esos episodios en los que las temperaturas máximas se disparan muy por encima de lo normal— es clave en los incendios. Hasta la fecha, España ha vivido dos eventos de temperatura extrema este verano: una ola entre el 21 y el 24 de junio y otra entre el 5 y el 9 de julio.

La histórica racha de incendios del agosto pasado, que hizo que el año se cerrara como el peor desde los noventa en superficie afectada, coincidió con una ola de calor muy extensa, que se prolongó entre el 3 y el 18 de agosto. 41 de los 63 grandes incendios —aquellos que superan las 500 hectáreas, como el mortal fuego de Los Gallardos— que hubo en España en 2025 se concentraron en apenas diez días, entre el 4 y el 15 de agosto, coincidiendo con aquella ola de calor. Y, como recuerda Cristina Santín, investigadora del CSIC experta en incendios forestales y profesora de la Universidad de Oviedo, lo mismo ocurrió en el verano de 2022: se padeció otra racha de voraces fuegos mientras se encadenaban episodios de calor récord.

La ciencia ha constatado un incremento en número e intensidad de las olas debido al cambio climático, y así queda reflejado claramente en la evolución de este tipo de eventos en España. Por otro lado, aunque es difícil atribuir un incendio concreto al calentamiento global, porque suelen ser eventos multifactoriales, un estudio del grupo World Weather Attribution (WWA) encontró un vínculo claro en el caso de la oleada de fuegos de agosto en España y Portugal: “El cambio climático causado por el hombre hizo que las condiciones cálidas, secas y ventosas que alimentaron los incendios forestales que mataron a ocho personas en España y Portugal fueran unas 40 veces más probables”.

Grandes incendios

Los grandes fuegos forestales son los que marcan realmente la diferencia cuando se hace el recuento de daños acumulados. Por ejemplo, el 90% de las 350.000 hectáreas de vegetación dañadas en 2025 por el fuego en España se quemaron solo en esos 63 grandes eventos.

Este verano en España tampoco está siendo bueno en este aspecto. Hasta el 5 de julio, el último dato actualizado, el Ministerio para la Transición Ecológica tiene contabilizados 15 fuegos de más de 500 hectáreas. Varios se han dado de forma simultánea en las últimas semanas, coincidiendo con esas olas de calor, como explican fuentes de este departamento. Esos 15 grandes incendios son la cifra más alta registrada a estas alturas de año de la última década, empatado con 2023.

Olas de calor y fuego en España (Gráfico de bala)

“Tenemos que ponernos las pilas”, advierte Santín. “Cada vez hay más grandes incendios y cada vez son más peligrosos”, añade esta experta. “La señal del empeoramiento de los incendios con el cambio climático en las zonas mediterráneas está clara ya”, abunda.

Otro equipo de científicos publicó a finales de 2024 un estudio en la revista Nature Climate Change que concluía que el calentamiento global incrementó en un 15,8% la superficie vegetal afectada por los incendios entre 2003 y 2019. La región mediterránea, añadía, estaba por encima de la media global, con un incremento del 16,9%.

No es casual. Europa es uno de los puntos calientes de esta crisis planetaria, como explicaba la Organización Meteorológica Mundial en su último informe anual sobre el estado del clima en el continente: “En los últimos 30 años, la temperatura media mundial ha aumentado alrededor de 0,27 grados Celsius por década. Europa es el continente que más rápido se calienta, con un incremento de las temperaturas de aproximadamente 0,56 °C por década desde mediados de la década de 1990, más del doble de la media mundial”.

Esto tiene efectos en el empeoramiento de los eventos extremos, como las olas de calor que ceban los grandes incendios como los que azotan la Península. Pero España no es una isla. En Francia, donde el inicio del verano está siendo feroz, la superficie afectada por las llamas se disparó en más de un 25% solo entre el 1 y el 8 de julio, según el sistema europeo Copernicus.

Sin embargo, el calor no es el único factor detrás de un fuego catastrófico. Hacen falta más ingredientes. “Depende también de las igniciones y especialmente del viento, y el viento es muy difícil de predecir”, explica Juli G. Pausas, del Centro de Investigaciones sobre Desertificación, del CSIC. Las rachas de viento muy cálido, de sur y poniente, también han jugado un papel muy importante en la virulencia del fuego de Los Gallardos.

Pausas apunta a otra de las variables importantes en la Península y la región mediterránea: “Son zonas que han estado muy utilizadas [para agricultura y ganadería] en el pasado y por eso se quemaban menos”. Ahora se han convertido en áreas “muy inflamables” cuando llegan sequías y eventos de calor extremo.

A la meteorología y los cambios de uso de los suelos se les añade un factor más: el lugar en el que se desarrolla el incendio. Y del caso de Los Gallardos también se pueden sacar lecciones. “Es una zona montañosa, abrupta, con pocas pistas y urbanizaciones con casas dispersas, lo que seguramente ha dificultado la evacuación”, dice Pausas. “Lo de vivir en casas dispersas, rodeadas de campo, en condiciones secas, probablemente tenía sentido en el clima del siglo XX, pero en el del siglo XXI es un riesgo y se ha de estar muy preparado y concienciado”, advierte este experto.

“Estamos en una emergencia climática y los incendios son uno de sus efectos, como el aumento de las inundaciones, el aumento de la sequía, de las olas de calor. Podemos y debemos actuar contra el cambio climático”, concluye Santín.

Elpais News