Diez años de La Manada: la respuesta contra la violencia sexual que cambió España
La madrugada del 6 al 7 de julio de 2016, en un banco de la plaza del Castillo de Pamplona, una mujer de 18 años se encontró a José Ángel Prenda Martínez, Ángel Boza Florido, Antonio Manuel Guerrero Escudero, Alfonso Jesús Cabezuelo Entrena y Jesús Escudero Domínguez. Acababa de conocer a La Manada. En menos de 45 minutos, ese grupo de hombres había entrado y salido de un habitáculo de tres metros cuadrados al que la habían llevado. Tenía una sola salida, la que ellos taponaban. Para cuando dieron las 3.30, habían perpetrado lo que el Tribunal Supremo denominó, tres años después, una violación continuada y en grupo “especialmente humillante, degradante y vejatoria”.
Ella, tras la agresión, salió de allí y se sentó en un banco. Lloró. Una pareja se le acercó. Ocho años después de la violación y el asesinato de Nagore Laffage a manos de José Diego Yllanes, también en Pamplona, durante el primer día de San Fermín, esa pareja que fue a ver qué le pasaba fue el primer eslabón de un sistema que ya estaba preparado y formado para hacer frente a lo que acababa de ocurrir. Ella denunció. Lo que entonces nadie podía saber es que esa agresión iba a tener una respuesta social que se convertiría en el punto de inflexión para la expansión de la cuarta ola feminista.
Cientos de miles de mujeres ―y hombres― durante tres años, los que duró el proceso, impugnaron en las calles y en las redes un sistema judicial, jurídico, social y mediático que no creían ya justo. Mientras, la mujer a la que La Manada agredió decidió junto a su madre, su padre, su familia y sus amigos seguir “p’alante”, que es quizás la palabra que usaron que mejor resuma ese camino. En 2019, escribió una carta después de la sentencia del Supremo en la que agradecía a quienes no la habían dejado sola: “Os estaré eternamente agradecida, pero no soy ninguna heroína; la fuerza para continuar, muchas veces, me la ha dado todo el calor y el apoyo que he sentido en este camino”.
Ese calor y ese apoyo a una mujer que se convirtió, de forma simbólica, en todas las mujeres, fue parte de lo que ha ocurrido estos diez años en los que la reacción a una agresión machista cambió España para siempre.
Abrir los ojos (en masa)

Violeta escribe desde Cantabria: “Sabía la teoría (feminista desde la cuna), pero este caso me abrió los ojos PARA SIEMPRE a una realidad que me pareció simplemente salvaje”. Alba, de A Coruña, tenía 10 años en 2016: “Fue la primera vez que era consciente de lo que era una violación y de las desigualdades que había entre hombres y mujeres. Este caso hizo que conociera el feminismo, que me convirtiera en feminista, que lo siga siendo hoy”.
Son dos del medio centenar de mujeres que enviaron a este periódico un correo contando qué supuso para ellas este caso, qué pensaron y sintieron. Y que, como otras tantas, al compartirlo, conformaron algo colectivo. Lo sintetiza Virginia Gil, la directora de Aspacia, organización especializada en violencia sexual: “Una nueva autoconciencia que se extendió, y en la que cambió radicalmente la percepción de la sociedad sobre la violencia sexual. De la idea de ser hechos puntuales, a manos de depravados que violaban por la noche en un callejón oscuro, a ser conscientes de la realidad, que la violencia sexual es un problema de carácter estructural”.
La pancarta más repetida

“Lo que salía de los tribunales ya no representaba la idea colectiva sobre la violencia sexual”. Así empieza la jurista Marisa Soleto a explicar por qué las oleadas de mujeres (y hombres) que salieron a la calle durante el proceso a La Manada terminaron de empujar un cambio que llevaba gestándose mucho tiempo. Hasta entonces, “se seguía evaluando el nivel de resistencia de la víctima para hacer evaluación del delito” y decidir si era agresión ―si había violencia o intimidación― o abuso, cuando no lo había.
Y la cuestión, afirma Soleto, es que “ya había cohortes enteras de mujeres vivas que no reconocían eso más. Sabían que era una agresión. Muchas cosas cambiaron porque las mujeres ya habían cambiado”.
Para mí [el caso] supuso el dar un paso al frente y salir a la calle. A gritar y a afirmarme rodeada de mujeres de todo tipo y condición. Sentí la rabia acumulada por tanto tiempo, pero también la esperanza de que otro mundo es posible. Acudí con mi hija y fue algo tan intenso que aún me estremezco al recordarlo
María Sol Luque, desde Madrid
Esa rabia acumulada es la conciencia latente de un problema que hasta ese momento no se había expandido. Pero estaba ahí.
Soleto, de la Fundación Mujeres, recuerda que la pancarta más repetida —“No es abuso, es violación”—, que acabó siete años después condensada en la Ley de Libertad Sexual, “respondía a esa evolución del comportamiento social de las mujeres, estaba en otras legislaciones europeas [como Suecia o Dinamarca], formaba parte del trabajo que el movimiento feminista venía haciendo décadas y del cambio sociológico que ya se había producido”.
20 hombres y ninguna mujer

En 2018, en medio de uno de los tsunamis que generó la primera sentencia a La Manada ―la de la Audiencia Provincial de Navarra que los condenaba a nueve años de prisión por abuso―, el entonces ministro de Justicia Rafael Catalá, del PP, prometió que habría una reforma en el Código Penal para los delitos sexuales. Y encargó ese trabajo a la Comisión General de Codificación, el grupo de juristas que asesora a ese ministerio. La Sección Penal, la que tenía que hacer la revisión, se había reunido un año antes, en 2017, pero llevaba sin hacerlo desde 1982.
¿Su composición? 20 hombres y ninguna mujer.
Catalá, ante ese desequilibrio y la polémica que provocó en el ámbito del Derecho, incorporó a 12 nuevas vocales permanentes y tres adscritas a la sección Penal. Con los cambios, por primera vez en la historia de ese órgano consultivo no solo hay mujeres, sino que son mayoría: 17, y 14 hombres.
Estadísticas específicas, por primera vez

Hasta 2016, el Ministerio del Interior recogió los hechos conocidos por violencia sexual en su anuario estadístico junto al resto de infracciones. En 2017, publicó el primer boletín específico sobre delitos sexuales. Tenía esta introducción: “La realización del informe viene motivada por el reproche social y penal que merecen la comisión de estas formas delictivas”. En 2018, se incluyeron referencias a las agresiones cometidas en grupo y ya desde 2019 se publican datos anualmente.
¿Hubiese ocurrido sin la respuesta social al caso de La Manada? Probablemente sí, pero también probablemente más tarde. Y los datos, durante esta década, han permitido radiografiar la violencia sexual denunciada en España. El propio hecho de contar con una estadística específica ―que también ha ido evolucionando y ampliándose― refleja un cambio institucional de foco, y de prioridades.

Diez años después de La Manada, disponemos de un conocimiento mucho más profundo de las distintas formas de violencia sexual y la respuesta ha evolucionado significativamente”, afirman desde Onvios, la Oficina Nacional Contra las Violencias Sexuales, creada en 2024 con el objetivo de recabar más evidencia, conocimiento e información porque “una comprensión más profunda de las dinámicas delictivas debe traducirse en respuestas cada vez más eficaces”.
La sentencia del Tribunal Supremo: violación, no abuso

Vicente Magro fue uno de los cinco magistrados de la sala del Tribunal Supremo que revocó los fallos anteriores y sentenció que lo que hicieron los miembros de La Manada fue una violación en grupo, continuada, y no un abuso sexual. Recuerda que aplicaron además dos agravantes ―trato vejatorio y actuación conjunta de dos o más personas― que elevaron la pena de los nueve a los 15 años.
Para Magro, la clave de esa sentencia que cambió el final de aquel proceso fue dirimir que no había habido prevalimiento sino intimidación: “El Supremo entendió que era objetivo, claro y patente que hubo una actuación intimidatoria”. En aquel caso, la intimidación psicológica se denominó ambiental: “Un concepto que ya se había aplicado antes para describir esa situación que se produce cuando dos o más personas rodean y colapsan a una mujer en un lugar del que no puede salir”. Y apunta que quedó advertido en el fallo “que, a futuro, había que sancionar no solo la agresión cometida por cada autor, sino también la cooperación de cada uno en las violaciones cometidas por los demás”.
Aquellas dos cuestiones sentaron jurisprudencia y fueron respuesta al debate y a las exigencias sociales. ¿Lo sabían Vicente Magro, Susana Polo, Ana Ferrer, Andrés Martínez y Andrés Palomo, los magistrados de la Sala? Lo sabían. Pero, afirma Magro, “nunca la fundamentación jurídica de una sentencia se basa en la posible repercusión o las peticiones sociales”.
No podemos dictar una resolución pensando en eso porque eso no es Derecho, eso es una parte social que no puede influir nunca. Otra cosa es que, lógicamente, cualquier tribunal cuando está ante un caso de esta naturaleza y magnitud es consciente de la posible trascendencia que puede tener una resolución, como en este caso la tuvo.
Vicente Magro, magistrado
El fin del silencio: #Cuéntalo

El 26 de abril de 2018, cuando la Audiencia Provincial de Pamplona dictó la primera sentencia ―abuso sexual con prevalimiento―, la escritora y periodista Cristina Fallarás publicó un post en X [antes Twitter] en el que escribía que el relato de la violencia había “sido hurtado” a las mujeres históricamente y en todos los ámbitos y había que “reconstruirlo”.
#Cuéntalo, añadió. Así nació ese movimiento que provocó una avalancha de testimonios en la que casi 800.000 mujeres de 60 países, solo en los primeros 15 días, escribieron casi tres millones de mensajes en los que narraban aquello que les había ocurrido. Desde entonces, esa ruptura del silencio distinta al MeToo ―“porque no hay nadie conocido, famoso, detrás”― no ha parado. Fallarás salió de X, pero se mantuvo en Instagram. Recibía cientos de mensajes a su buzón privado. El pasado año decidió que “esa memoria colectiva” no podía perderse.
Así se gestó La Nuestra, “una red social feminista y soberana”, según la propia descripción del proyecto ―ahora en segunda ronda de financiación en la plataforma Goteo―, pero también “un archivo vivo, una comunidad digital y una herramienta de acción política colectiva contra la violencia machista” que se alojará “en una web propia, sin depender de las grandes plataformas y redes mainstream ni tecnofaraones digitales”, explica Fallarás.
Del ‘no es no’ al ‘solo sí es sí’

El 25 de agosto de 2022, ese lema nacido tras la violación múltiple de La Manada, que solo un sí significa un sí, acabó condensado en la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual. Irene Montero, de Podemos, entonces ministra de Igualdad, dijo que era “un paso decisivo para dejar atrás la cultura de la violación y crear una cultura del consentimiento”. Y el consentimiento, libre y expresado claramente, se convirtió en eje.
El delito de abuso desapareció y todo quedó unificado en agresión, con una horquilla de penas para calibrar la gravedad. Una vez que entró en vigor, y al haber bajado los mínimos, esa nueva horquilla conllevó más de un millar de rebajas de pena y más de un centenar de excarcelaciones en la revisión de condenas para aplicar la más favorable al reo. Entre ellos Prenda, Boza y Escudero, a los que se les redujo un año, de 15 a 14.
Se produjo un terremoto político, social y en el movimiento feminista. Se reabrió el debate sobre el punitivismo. Muchas mujeres cuyos agresores habían sido condenados se sintieron desprotegidas y, de alguna forma, fue para ellas como estar de nuevo en un juicio. Y volvió a reformarse el Código Penal para subir la parte baja de la horquilla.
Después, a pesar de los incendios que generó la norma y las grietas o los huecos que han apuntado diversas especialistas, también hay cierto consenso en el paso que supuso. No solo por el cambio de perspectiva ―de la necesidad de resistencia para probar una violación al consentimiento afirmativo―, sino por las herramientas y los derechos que desplegó y que tienen que ver con un cambio profundo en el abordaje de esta violencia. Entre ellas, rentas de inserción para las víctimas, educación sexual para los agresores, el derecho a la reparación o los centros de crisis 24 horas.
Cuando la conversación cambió también en la barra de los bares

Antes de 2016, ¿cuántas veces se había debatido sobre el consentimiento o la violencia o los estereotipos sobre las víctimas en un bar, en comidas de trabajo o de Navidad o en farras nocturnas? Lo hacían juristas, sociólogas o feministas, pero no la calle, no de la forma en que ha ocurrido esta última década. Samara Velte era periodista en Berria cuando se produjo la agresión. Ahora es profesora en la Universidad del País Vasco y ha escrito un libro y un análisis científico de la conversación y los discursos que produjo el caso, en la calle y en los medios. Y recuerda al teléfono “que las formas de hablar y pensar sobre la violencia machista las vamos negociando, van cambiando según lo hace la comprensión de la sociedad”.
No habla de “un consenso social” sobre la violencia sexual, pero sí de “un salto cualitativo”. El que se produjo del feminismo a la calle: “Hasta entonces, el movimiento no se había popularizado ni institucionalizado como ahora y eso fue clave, permitió que esos discursos teóricos permearan a las corrientes más centrales de la sociedad”. También a los medios. Aunque no de forma generalizada, la pedagogía que expertos, feministas y distintas especialistas llevaban años haciendo fue modificando el tratamiento y el foco que se daba a esta información: cambió la cantidad de noticias que se publicaban y la perspectiva con la que se escribían.
En su investigación La memoria social de la violencia sexual: “Si tocan a una, nos tocan a todas”, Velte escribe: “En el caso de la violencia sexual, podemos observar cómo el conjunto de experiencias, tanto físicas como discursivas, constituye con el tiempo un cúmulo de conocimiento social que trasciende el tiempo y el lugar específicos de una agresión individual. Activa una memoria compartida de imágenes, discursos y recreaciones pasadas de violencia sexual, y esta conciencia proporciona las bases para una identificación más amplia o una identidad colectiva”.
Estamos acostumbradas a vivir entre agresiones, rebelarnos y seguir. Lo sorprendente y emocionante fue la respuesta de tantas mujeres en esa ocasión: no, no vamos a seguir con la vida como si nada.
Pampa, desde un Alvia a Pamplona
Acción y reacción

Este viernes, la directora del Instituto de las Mujeres, Cristina Hernández, recordaba en un acto por los diez años que se cumplen del caso de La Manada que la reacción al feminismo “es proporcional a la fuerza del movimiento”. Y cíclica: se adapta a cada época pero se repite una y otra vez.
En Backlash, publicado en 1991, Susan Faludi escribía que al feminismo se le achacaba todo lo que les ocurría a las mujeres, desde “la depresión mental a la escasez de recursos”. Ahora, a los derechos y libertades de las mujeres se les carga con la falta de trabajo para los más jóvenes, la baja natalidad, la destrucción de la familia o la desprotección de los hombres. Las cifras dicen que cada vez más hombres jóvenes se sitúan cada vez más a la derecha y que crece la brecha ideológica y política con las mujeres. Y existen cada vez más estrategias de silenciamiento contra la voz de las mujeres.
La situación, explica el jurista Octavio Salazar, “es distinta a la de hace 30 años por ser más compleja en cuanto a las circunstancias a analizar”. Cita desde la crisis de la vivienda al resurgimiento del catolicismo o el avance de movimientos políticos reaccionarios en Gobiernos de todo el mundo: “Y no hemos sabido transformar la incomodidad necesaria durante los cambios en productiva. Se está transformando en una reactiva, muy bien aprovechada por el neoliberalismo, el patriarcado y las políticas de extrema derecha”.
¿Qué sienten muchos de ellos? Dice Salazar que no se puede generalizar, pero que, resumiendo mucho y entre los hombres más jóvenes, encuentra “incertidumbre y desubicación y, a veces, enfado o cierto resentimiento”. ¿Por qué? “Creen que su estatus se devalúa porque lo que entendían como hombría, y todo lo que tenía que ver con relacionarse desde ahí, ya no sirve”. ¿Y ahora? “Tenemos que encontrar la manera de comunicarnos. Y de hablar de todo, de lo político a lo íntimo”.
La resistencia

Teresa Sáez lleva medio siglo en el movimiento feminista. En el de calle, en el de base, en el que ha visto el último medio siglo pasar, no desde la teoría, sino desde el trabajo con instituciones, organizaciones, fuerzas y cuerpos de seguridad, y, sobre todo, con mujeres. Y Sáez explica que han logrado “la consolidación de un trabajo común con las instituciones”. Lo que antes era un grupo de trabajo para lo que se llamó Sanfermines en Igualdad se ha convertido en “una comisión específica que funciona todo el año” y que “ha conseguido avances”.
Entre ellos, la constancia de que “el conocimiento que teníamos en el feminismo sobre violencia ha saltado a las mujeres, pero también a la ciudadanía, y a las sociedades y peñas de la ciudad”, es decir, a la comunidad. También sabe que quedan “cuestiones, muchas, que no se van a conseguir fácilmente”, pero dice también: “¿Sabes cuántos años tengo? 69, y sé que en algo volveremos para atrás, pero llevamos toda la vida trabajando para que no pase y no vamos a dejar de hacerlo”.
Habrá picos en el movimiento feminista. Sucederán cosas que llenen las calles. Llegarán gobiernos que quizás recorten, o intenten, los derechos de las mujeres. Algo indignará durante unas horas o semanas a la sociedad. Pero pocos ejemplos más claros de lo que significa la resistencia en el feminismo que el de ese trabajo de miles y miles de mujeres como Sáez, de las que no solemos conocer el nombre, pero que están ahí, como ella repite, “cada día”.
Recuerdo ir a una de las manifestaciones en Madrid y sentir una mezcla de indignación y esperanza, la chispa que podía cambiar las cosas. Y al leer que ahora hace 10 años de esto… Me resurge la rabia y la tristeza así como las ganas de seguir luchando. Me apetece gritar bien alto: JODER, ¿cuándo va a terminar esto?
Ana, desde Valencia
Créditos
Diseño: Ruth Benito
Gráficos: Nacho Catalán
Desarrollo: Alejandro Gallardo
Formato: Brenda Valverde Rubio
El teléfono 016 atiende a las víctimas de violencia machista, a sus familias y a su entorno las 24 horas del día, todos los días del año, en 53 idiomas diferentes. El número no queda registrado en la factura telefónica, pero hay que borrar la llamada del dispositivo. También se puede contactar a través del correo electrónico 016-online@igualdad.gob.es y por WhatsApp en el número 600 000 016. Los menores pueden dirigirse al teléfono de la Fundación ANAR 900 20 20 10. Si es una situación de emergencia, se puede llamar al 112 o a los teléfonos de la Policía Nacional (091) y de la Guardia Civil (062). Y en caso de no poder llamar, se puede recurrir a la aplicación ALERTCOPS, desde la que se envía una señal de alerta a la Policía con geolocalización.

