Darth Vader convive con Picasso y Banksy: el ambicioso museo de George Lucas desembarca en Los Ángeles
Contar el mundo a través de imágenes. La humanidad lo lleva haciendo desde hace milenios: desde las pinturas primitivas hasta la la fotografía, el cine, la televisión del salón, las pantallas omnipresentes hoy. Si a lo largo de las últimas décadas alguien ha sabido crear emociones a través de las imágenes, ese es George Lucas, de 82 años, director, escritor, productor y mente pensante detrás de fenómenos que han moldeado la cultura contemporánea, como Star Wars e Indiana Jones. Su buen ojo no solo ha estado en el cine sino también, durante décadas (gracias a los jugosos beneficios del cine), desde que era universitario, en el arte, con una inmensa colección de unas 40.000 obras que, ahora, ha decidido compartir con el mundo.
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El ambicioso museo de George Lucas desembarca en Los Ángeles
Una especie de refulgente nave espacial será la que acoja su colección a partir de este martes, 22 de septiembre, cuando el Lucas Museum of Narrative Art se inaugure en Los Ángeles. Por ahora, tiene unas 1.200 obras expuestas en una treintena de galerías, algunas dedicadas a artistas pero la mayoría temáticas, que interpelan al visitante sobre el amor, la familia, la escuela, el cine, el manga o la fotografía. Todo ello al sur del sur de California, en lo que era un antiguo aparcamiento de cemento junto al centenario estadio Coliseum —que en 2028 recibirá sus terceros Juegos Olímpicos—. Allí, las cuatro patas, las dos alas y el inmenso tragaluz del museo, que ha tardado casi una década en construirse y que casi recae en Chicago, refulgen entre el césped verde, en un enorme parque de cuatro hectáreas y media con 300 árboles como pinos y jacarandas que acoge más de 30.000 metros cuadrados de edificio (con dos salas de cines con un total de 600 butacas, cafeterías, restaurantes, biblioteca y zonas de estudio) y 10.000 de exposición.
Lucas quiere contar historias y no pretende hacerlo del modo tradicional de los museos clásicos. Lo demuestra incluso antes de entrar: en el parque del recinto hay una decena de esculturas. Las hay de Botero, una Maternidad, pero también hay una princesa Leia o, en un salto temporal, una con Yoda y Grogu juntos. Aquí no hay remilgos. Los autorretratos de Frida Kahlo conviven con las ilustraciones de Beatrix Potter, con las naves de la Guerra de las Galaxias, las obras de Andy Warhol, las fotos de Robert Capa o el traje original del león en El mago de Oz.

Para el visitante europeo ducho en grandes pinacotecas, el primer golpe, en la primera planta, choca tanto que podría sonrojar. En ella se explican los orígenes de la narrativa: los héroes, los mitos, lo sagrado. Hay originales, como un cuadro de Artemisia Gentileschi, pero con ellos, mezclados sin apuro, copias, reproducciones de la Cúpula del Vaticano o de Las Meninas. “Creo que el Vaticano es un gran ejemplo”, explica la CEO del museo, la británica Tracey Bates, en una conversación con EL PAÍS, “porque cuando vas te encanta, te sobrepasa, es una experiencia increíble, y yo me siento privilegiada de haber ido. A veces asumimos que todo el mundo va, y no es así, y debemos recordarlo. Tampoco se ve tan de cerca. Ves la gloria de la Capilla Sixtina, pero no la historia de la Capilla Sixtina. Acercándonosla tanto, George nos muestra la historia, nos dice: ‘Miguel Ángel es un artista renombrado, pero en su día era un ilustrador, así que tenemos que mostrarles el mismo respeto a los ilustradores”.

Bates habla con este diario cuando apenas faltan cuatro días para su inauguración y ya ha habido algunos pases para prensa o para los vecinos del barrio. Con la voz tocada y una evidente mezcla de emoción y cansancio, explica que lleva desde enero como CEO, cuyas tareas son muy similares a las de un director de museo europeo, y casi siete como consultora de Lucas y su esposa, Mellody Hobson. A su vez, la pareja lleva 20 años dándole vueltas a la idea del museo, con una colección que él empezó hace 60 y de la que, como se enorgullece en el catálogo del museo, editado por Taschen, no ha vendido jamás ni una sola pieza.
De ahí que esa primera planta sea una especie de introducción, plenamente visual, de la historia del arte. Después llega el plato fuerte. En la cuarta se despliega su treintena de galerías. Todo está mezclado, no hay problema. Así, el pintor estadounidense Norman Rockwell tiene una sala propia con medio centenar de obras, pero sus cuadros también se ven en las temáticas del amor, la familia… Hay galerías dedicadas a los pintores N. C. Wyeth, Maxfield Parrish, Frank Frazetta y Thomas Hart Benton, y a la ilustradora Jessie Willcox Smith, todos ellos estadounidenses de principios y mediados del siglo pasado, y también sus cuadros se mezclan por otras zonas.

En el paseo, al que hay que dedicar un mínimo de tres horas, brillan las galerías dedicadas al cine. La gran protagonista es Star Wars; Indy tiene poca representación, apenas una estatua de bronce. De la saga se exponen algunos bocetos y pinturas originales, así como naves, trajes y elementos usados en las películas en distintas décadas. Solo unos pasos las separan de cuadros clásicos de Alphonse Mucha o Diego Rivera, de un Tintín original de Hergé o incluso de una obra, también estilo cómic, de Pablo Picasso. “No estamos atados a las mismas normas que un museo normal porque hemos construido nuestro propio museo”, explica Bates, “así que las normas no existen. Y eso ha sido muy divertido”.
Como cuenta, las obras y las galerías irán rotando. Todo ha sido diseñado de manera intencionada para ello. Igual que es muy intencionado el hecho de que no haya cartelas. “Sí, porque queremos mostrar la narrativa de un solo vistazo, una historia que puedas ver y entender. George fue muy consciente, al trabajar con el equipo de comisarios, de que el arte debía hablar”, reconoce. “Vas a un museo, empiezas a leer sobre una pieza y al momento te cambia la opinión de lo que estás mirando. Ha habido intención al no hacer eso aquí. Queremos que la imagen y la historia en esa imagen sean lo que veas y lo que te atrape. Si quieres más explicaciones, hay una guía digital de acceso gratuito. Pones tu teléfono frente a la obra y te da contexto”.

La quinta y última planta antes de su verde azotea está dedicada al muralismo. Lucas posee y expone aquí murales, a los que califica en el catálogo de estar “entre las formas más antiguas de arte narrativo”; además, alaba que “en un mundo saturado de efímeras imágenes digitales, los murales ofrecen un tempo distinto, requieren presencia física, anclan las historias a lugares específicos”. Además de una gran reproducción de Rivera (“no sería correcto traérnoslo de México, claro”, afirma Bates, “debe estar donde está, pero sin él no contamos esa historia”), también hay media docena de originales de Banksy, tanto de sus paredes como de sus plantillas de estarcido. La mayor parte de las obras están conectadas con lo político, como el Crash y depresión: deportación mexicana o Miedo rojo y McCarthismo, ambos de la mexicano-americana Judith F. Baca, mente tras la obra colectiva El gran muro de Los Ángeles.
Quienes lleguen una planta más arriba —a menudo está cerrada para eventos privados— podrán disfrutar de la terraza verde del edificio, de sus tragaluces, y observar su gran parque. Diseñado por Ma Yansong, de MAD Architects, ha sido realizado con más de un millar de paneles de fibra de vidrio por más de 150 arquitectos e ingenieros, con una tecnología que no existía hasta hace apenas una década.

Acompañado del Museo de la Academia y de la flamante ampliación del LACMA, el Lucas Museum busca convertirse no solo en polo de atracción artístico, sino en epicentro cultural de la ciudad. De ahí que tenga una hermosa biblioteca curva con miles de ejemplares de consulta sobre cine y arte, entre ellos, 3.000 donados por el actor Steve Martin, así como una docena de salas de estudio y dos cines donde se podrán ver documentales y películas, tanto sobre las obras y autores expuestos como de diversos temas en los ciclos que se están programando. También será un foco para eventos, en una ciudad donde cada velada es una fiesta.

“Está construido para que dure cientos de años, es una obra de arte en sí, una escultura”, se enorgullece Bates, ansiosa por abrir sus puertas, de poner en marcha sus sesiones de cine, de traer premieres. “No tengo voz, pero estoy emocionada”, ríe. “George lleva construyendo esto décadas y yo he tenido el placer de hacerlo seis años y medio. Va a ser emocionante abrir las puertas para el público. Porque para eso es un museo: para la gente”.

